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Escuelas del bosque: cuando el techo es el cielo

Imagina un salón de clases sin paredes, puertas o techo. Un espacio al aire libre donde los niños no se sientan en pupitres, sino que corren libremente por el bosque. Podría parecer un sin sentido o una actividad meramente recreativa, pero de eso se tratan las Escuelas del Bosque.

En realidad hay toda una metodología que modela las características de este sistema pedagógico. Pero lo primordial es priorizar el contacto con la naturaleza y dar al niño libertad para experimentar.

Aunque te suene novedoso el concepto, estas escuelas tienen una larga trayectoria y son muy populares en Europa y Estados Unidos. De hecho, en Alemania hay más de 2.500 colegios de este tipo. Allí, originalmente se concibieron como jardines de infancia (waldkindergarten), donde asisten los niños hasta los 6 años. Hoy en día ya se han creado también las “waldschulen”, para niños de 6 a 12 años. En Suecia hay igualmente escuelas primarias al aire libre y se contabilizan 220 centros con metodología de Escuelas del Bosque.

Por otra parte, cabe destacar los ejemplos de Corea del Sur y Reino Unido, donde se ha implementado este modelo en centros públicos.

Beneficios de las Escuelas del Bosque

Esta vuelta a la naturaleza ha demostrado beneficios evidentes en el desarrollo de las capacidades del niño. La evolución de las destrezas motoras va acompañada de la maduración psíquica y actitudinal de los pequeños.

Así, diversos estudios han constatado que los niños que asisten a estas escuelas:

  • Mejoran sus niveles de concentración.
  • Sufren menos estrés, ya que se reducen los conflictos entre pares y se aprende a manejar mejor la frustración.
  • Alcanzan un alto desarrollo creativo.
  • Son más autónomos y seguros de sí mismos.
  • Sufren menos accidentes, pues aprenden a evitar situaciones de riesgo, reduciendo la frecuencia de lesiones por caídas, cortes o quemaduras.
  • Logran un óptimo desarrollo psicomotriz, destacándose sus habilidades de equilibrio, coordinación y agilidad. Asimismo, mejora su percepción de profundidad y sensibilidad táctil. Esto incide, incluso, en el logro de destrezas como la escritura.

Por otra parte, encontramos niños más saludables, menos propensos a la obesidad, con un sistema inmune más desarrollado y una menor incidencia de enfermedades respiratorias.

Igualmente, se han realizado investigaciones comparando las capacidades cognitivas entre niños de escuelas convencionales y Escuelas del Bosque. Los resultados indican que estos últimos superan al promedio, tanto en comprensión y razonamiento abstracto, como en desarrollo creativo.

Finalmente, en cuanto a las capacidades de socialización, las Escuelas del Bosque promueven la cooperación y la solidaridad. De igual manera, promueven el cuidado ambiental y la conexión con la naturaleza.

Metodología de las Escuelas del Bosque

No existe un modelo único de Escuelas del Bosque. Las instalaciones varían de acuerdo al entorno y los recursos disponibles. Lo único que tienen en común es la ausencia de aulas cerradas, equipadas con el mobiliario característico de la educación convencional. Generalmente cuentan con un espacio techado, en el cual los niños pueden dejar sus pertenencias mientras exploran el entorno.

No se utilizan lápices, cuadernos ni pizarras. La actividad docente se desarrolla en contacto directo con la naturaleza. No son necesarios los juguetes didácticos ni los libros, pues todo el conocimiento está afuera, al alcance de todos.

Los recursos adicionales son aquellas herramientas, como palas o cubos, que faciliten la exploración del entorno. Se incentiva el uso de los elementos naturales, como tierra, agua, piedras, barro y troncos. La fantasía infantil será capaz de explayarse manipulando estos materiales y obtener tanto experiencias sensoriales como conocimientos formales.

Las condiciones climáticas no son una limitante, sino que representan la oportunidad de aprender fenómenos naturales de manera directa.

En las Escuelas del Bosque no se sigue un programa pedagógico predefinido. No hay una enseñanza estructurada de las asignaturas, ni actividades planificadas. Es el niño quien marca el ritmo y contenido del aprendizaje. Esto exige una actitud observadora y atenta del maestro, para identificar y responder a la curiosidad e intereses de los niños.

Más que un simple transmisor de conocimientos, el docente cumple un rol de catalizador de inquietudes. Fomenta la indagación y alienta los procesos de pensamiento que permitan al niño llegar a sus propias conclusiones.

Por otra parte, el respeto al medio ambiente es un principio básico de estas escuelas. Los niños aprenden a conservar los recursos naturales y a preservar la naturaleza, con labores de cuidado y mantenimiento.

Y, finalmente, se anima a los padres a permitir a sus hijos la exposición a un riesgo controlado. En este sentido, el método afirma que no se trata de crear una burbuja alrededor de los pequeños sino de dotarlos de herramientas para gestionarlos.

Origen de las escuelas del bosque

La sistematización de la educación libre en contacto con la naturaleza no tiene un origen preciso. Para algunos el primer antecedente se encuentra en Inglaterra, donde se creó la primera escuela al aire libre, en 1914.

Esta experiencia fue llevada a Estados Unidos, donde H.L. Russell concibió el modelo inicial de las Escuelas Bosque. Con base en sus ideas, en 1927 abrieron tres instituciones que seguían esta metodología en el estado de Wisconsin.

Para otros, las Escuelas del Bosque son consecuencia de las experiencias de Ella Flatau, en Dinamarca. Esta madre comenzó la educación de su hijo dedicando buena parte del día a paseos y excursiones por el bosque. Poco a poco, unos vecinos se interesaron en la iniciativa y, de manera informal, formaron un grupo. Debido a su popularidad y crecimiento, finalmente se organizaron y en 1952 crearon la primera Escuela del Bosque de Europa.

En Suecia se creó un modelo propio de Escuela del Bosque. En 1957, un ex militar llamado Goesta Frohm acuñó el concepto de “Skogsmulle”. La palabra deriva de “Skog” (bosque o madera) y el vocablo “Mulle”. Este último es uno de los cuatro personajes que Frohm ideó para promover el conocimiento del entorno: Mulle (naturaleza), Laxe (agua), Fjällfina (montañas) y Nova (contaminación).

En 1985, Siw Linde retomó estas ideas y creó las “I Ur och skur” o Escuelas Lluvia o Sol.Y aunque en Alemania fueron muy aceptadas desde sus inicios, fue a partir de 1993 que se les reconoció oficialmente. Desde este fecha fueron incorporadas al sistema estatal de educación.